Ritual y Sacrificios a la Luz de la Biblia para nuestros tiempos

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Iglesia ADVENTISTA Del Septimo Día

El sistema de ritos y sacrificios del Antiguo Testamento, como el que se encuentra en Levítico, ofrece más ejemplos de lo que vimos ayer: símbolos del Antiguo Testamento que apuntan a las verdades del Nuevo Testamento. Estos contienen muchas verdades espirituales importantes que pueden ser de gran valor para quienes los estudian.

 

Lee las instrucciones para la ofrenda por el pecado de un típico israelita en Levítico 4:32 al 35. ¿Qué podemos aprender de este rito, aunque no tengamos un Santuario ni un Templo con un altar donde podamos ofrecer sacrificios por nuestros pecados? Relaciona este rito con Juan 1:29 y 1 Pedro 1:18 al 21.

 

Un rito es un excelente comunicador de valores e información, y debe entenderse en su contexto. Por lo general, requiere un tiempo específico, una ubicación particular y una secuencia predeterminada de acciones para que sea eficaz. De hecho, cuando leemos los preceptos bíblicos del Antiguo Testamento con respecto al sacrificio, queda en claro que Dios dio detalles muy específicos sobre lo que se podía sacrificar, y cuándo, dónde y qué ritual y procedimiento seguir.

 

La sangre y el derramamiento y la aspersión de sangre eran fundamentales para muchos de los ritos. Esto no es algo atractivo; ni se suponía que lo fuera, porque se trata de la cosa más fea del Universo, y eso es el pecado.

 

¿Qué papel exactamente desempeñaba la sangre y por qué tenía que colocarse en los cuernos del altar? Si bien la mayoría de los ritos relacionados con el Santuario aparecen en forma prescriptiva (es decir, dan instrucciones sobre cómo hacerlo), no siempre incluyen todas las explicaciones. Quizá sea porque el pueblo ya sabía lo que significaba todo. A fin de cuentas, el pueblo de Israel captaba el significado de la sangre (Lev. 17:11).

 

No obstante, el ejemplo tomado de Levítico 4:32 al 35 contiene una importante explicación en Levítico 4:35: “Le hará el sacerdote expiación de su pecado que habrá cometido, y será perdonado”. Por lo tanto, la sangre era clave en todo el proceso de expiación, el medio por el que los pecadores podemos ser justificados ante un Dios santo. Por lo tanto, lo que vemos con estos sacrificios es un tipo, un modelo, de la muerte y el ministerio de Cristo en nuestro favor.

 

Piensa cuán grave debe ser el pecado que hizo falta el sacrificio, el sacrificio propio, de un miembro de la Deidad, Jesús, para expiarlo. ¿Qué debería enseñarnos esto? ¿Por qué debemos confiar solo en la gracia, y nunca en las obras? Al fin y al cabo, ¿qué podríamos agregar a lo que Cristo ya ha hecho por nosotros?

 

Comentarios Elena G.W

 

Hace casi dos mil años, se oyó en el cielo una voz de significado misterioso que, partiendo del trono de Dios, decía: “He aquí yo vengo”… Cristo estaba por visitar nuestro mundo, y encarnarse. Él dice: “Un cuerpo me has preparado”. Si hubiese aparecido con la gloria que tenía con el Padre antes que el mundo fuese, no podríamos haber soportado la luz de su presencia. A fin de que pudiésemos contemplarla y no ser destruídos, la manifestación de su gloria fue velada. Su divinidad fue cubierta de humanidad, la gloria invisible tomó forma humana visible.

 

Este gran propósito había sido anunciado por medio de figuras y símbolos. La zarza ardiente, en la cual Cristo apareció a Moisés, revelaba a Dios. El símbolo elegido para representar a la Divinidad era una humilde planta que no tenía atractivos aparentes. Pero encerraba al Infinito. El Dios que es todo misericordia velaba su gloria en una figura muy humilde, a fin de que Moisés pudiese mirarla y sobrevivir. Así también en la columna de nube de día y la columna de fuego de noche, Dios se comunicaba con Israel, les revelaba su voluntad a los hombres, y les impartía su gracia. La gloria de Dios estaba suavizada, y velada su majestad, a fin de que la débil visión de los hombres finitos pudiese contemplarla… Su gloria estaba velada, su grandeza y majestad ocultas, a fin de que pudiese acercarse a los hombres entristecidos y tentados (El Deseado de todas las gentes, pp. 14, 15).

 

Cada mañana y cada tarde, se ofrecía, sobre el altar un cordero de un año, con las oblaciones apropiadas de presentes, para simbolizar la consagración diaria a Dios de toda la nación y su constante dependencia de la sangre expiatoria de Cristo… Los sacerdotes debían examinar todos los animales que se traían como sacrificio, y rechazar los defectuosos. Solo una ofrenda “sin defecto” podía simbolizar la perfecta pureza de Aquel que había de ofrecerse como “cordero sin mancha y sin contaminación”. 1 Pedro 1:19.

 

El apóstol Pablo señala estos sacrificios como una ilustración de lo que los seguidores de Cristo han de llegar a ser. Dice: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro racional culto”. Romanos 12:1 (Historia de los patriarcas y profetas, p. 365).

 

Cristo era el Cordero que fue muerto desde la fundación del mundo. Para muchos ha sido un misterio por qué se necesitaban tantas ofrendas ceremoniales en la dispensación antigua, por qué tantas víctimas cruentas eran llevadas al altar. Pero la gran verdad que debería haberse mantenido ante los hombres y haberse impreso en la mente y el corazón, eran esta: “Sin derramamiento de sangre no se hace remisión”. En cada víctima cruenta estaba simbolizado “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.

 

Cristo mismo fue el originador del Sistema judío de culto, en el cual se anticipaban las cosas espirituales y celestiales por medio de símbolos y sombras. Muchos olvidaron el verdadero significado de esas ofrendas, y se perdió para ellos la gran verdad de que solo mediante Cristo hay perdón de pecados (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 7, p. 944).

Créditos: Licdo. Eduard Guevara

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