Por Manolo Guevara Díaz
La República Dominicana fue durante décadas un ejemplo regional de participación electoral. Votar era más que un derecho constitucional: era una expresión viva de compromiso ciudadano. Sin embargo, los números recientes revelan una realidad inquietante: la democracia dominicana está perdiendo electores, y con ellos, confianza.
En el año 2000 la participación alcanzó un 76.14 %. En 2024 apenas llegó a 54.37 %. Más de veinte puntos porcentuales se han evaporado en apenas dos décadas. Aunque el proceso electoral de 2020 estuvo marcado por la pandemia, la tendencia descendente ya venía consolidándose mucho antes. No estamos ante un fenómeno coyuntural; estamos frente a un problema estructural.
Pero, ¿qué explica esta peligrosa abstención?
Uno de los factores más evidentes es la progresiva desaparición de la identidad ideológica de los partidos políticos. En el pasado, el electorado podía identificar con claridad corrientes definidas: el reformismo conservador, la socialdemocracia representada históricamente por el Partido Revolucionario Dominicano, o el liberalismo progresista impulsado por el Partido de la Liberación Dominicana. Las diferencias doctrinarias eran visibles y el voto representaba una visión de país.
Hoy, las líneas ideológicas se han difuminado. Las alianzas estratégicas, el pragmatismo electoral y el personalismo han sustituido el debate programático. Los partidos parecen competir más por figuras que por propuestas. El ciudadano percibe similitudes donde antes veía contrastes.
Cuando no hay ideas claras, la política pierde sentido.
Cuando no hay propuestas diferenciadas, el voto pierde motivación.
Y cuando el voto pierde motivación, la democracia pierde fuerza.
La abstención no siempre es apatía; muchas veces es desencanto. Es el silencio de quienes sienten que su participación no produce cambios reales. Es la reacción de una juventud que demanda coherencia, transparencia y propósito.
La democracia no se mide únicamente por la celebración de elecciones, sino por la calidad del compromiso ciudadano. Una participación inferior al 55 % debe encender todas las alarmas institucionales.
Urge reconstruir la confianza.
Urge recuperar la formación ideológica.
Urge volver a debatir modelos de desarrollo, justicia social, institucionalidad y visión estratégica de nación.
La República Dominicana no necesita más marketing político; necesita más pensamiento político.
No necesita más consignas; necesita más convicciones.
Porque cuando el pueblo deja de votar, la democracia comienza a debilitarse desde adentro.
Y ese es un riesgo que la nación no puede permitirse ignorar.